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Preservar
la juventud ha sido una obsesión históricamente recurrente, cuyo culmen lo
hemos vivido (lo estamos viviendo) en los últimos 50 años. Fue allá por los
años 60, con el inicio del fenómeno de las conocidas como baby faces: mujeres de
rostros aniñados que, cíclicamente desde entonces, no han dejado de despuntar
como iconos de belleza a emular. De las pioneras Twiggy, Mia Farrow o Audrey
Hepburn a las contemporáneas Kate Moss o Natalia Vodianova, por citar solo unos
cuantos ejemplos, sus rutilantes apariciones en el cine, las producciones de
moda, las vallas publicitarias, los photocall y el papel
cuché han contribuido a asentar los rasgos adolescentes como el ideal de
belleza a alcanzar y, por ende, convertido la eliminación, sin piedad, de
cualquier leve signo del paso del tiempo, en primerísima prioridad estética
femenina de nuestra era.
Es, en
realidad, una lucha sin cuartel y aunque las ‘armas’ se han perfeccionado hasta
el infinito (el bótox, los rellenos y hasta los liftings tridimensionales en
quirófano ofrecen cada vez resultados más naturales), lo cierto es que cada
edad tiene sus propios rasgos y tratar de emular las facciones de los
veintipocos cuando se tienen 40 y tantos no suele resultar, según confirman
algunos de los más reputados especialistas en estética, el planteamiento más
adecuado. Ocurre algo similar que con el guardarropa: ciertas prendas y
estilismos que funcionan a los 15 no suelen cuadrar tan bien a partir de los
30, ¿verdad? Así, como nuestro fondo de armario, el envejecimiento depende de
cada cual y ha de ser capaz de adaptarse a la medida exacta de cada rostro. Por
eso, igual que la mini no suele funcionar demasiado bien cuando se andan
rondando los 50, con la ausencia casi total de arrugas ocurre algo muy similar:
suele acabar por resultar chocante. Hay ciertos signos del paso del tiempo que,
pasada cierta edad, no están mi mucho menos de más, sino todo lo contrario. Son
huellas de lo vivido que, si bien se pueden atenuar, parece que no conviene
eliminarlas del todo. Ocurre con las arruguitas de la sonrisa e incluso con
las tan temidas patas de gallo. Un maestro entre maestros, el cirujano
plástico brasileño Ivo Pitanguy (Instituto
Ivo Pitanguy. Río de Janeiro. Brasil.
Tel. 21 2266-9500), considerado uno de los padres de la cirugía estética
moderna y con un prestigio internacional y un criterio estético sin mácula se
muestra, por ejemplo, contrario a eliminar en general las patas de gallo, incluso
cuando la técnica a real izar es un lifting. Sin renunciar a que se le note su
edad gracias a mantener parte de las evidencias de la misma. G. tiene
arruguitas, las justas, las que Pitanguy, según confiesa, se negó a borrarle,
«Ivo siempre dice que hay ciertas líneas de expresión que no se deben tocar,
como las que a mí se me forman de sonreír alrededor de los ojos. Yo, al
principio, quería que me las ‘quitara’ también pero, la verdad, es que ahora
me doy cuenta de que me vería muy extraña sin ellas... Tengo más de 50 años: no
puedo ni debo pretender parecer una chica de 20». Suena de lo más razonable ¿no
es cierto?
Pitanguy y
Mira+Cueto no son los únicos en pensar de esta forma. Cada vez son más los
expertos que abogan por un envejecimiento de apariencia natural lo que
implica decir no al retoque masivo y dar libertad de paso, de ‘emerger’ y
‘quedarse’, a ciertos rasgos que evidencian, suave y equilibrada-mente, nuestra
edad.
Parece
evidente, por tanto, que la corriente empieza a variar. Ya se vislumbra un
cambio de tercio en la mentalidad colectiva, cada vez más proaging que anti-aging. Lo avalan
los cirujanos plásticos y los médicos estéticos... Y también la publicidad
(máximo ‘asentador’ de iconos estéticos de nuestra era). Así, desde hace unos
cuantos años, por fin nos empieza a parecer normal que los rostros imagen de
las campañas de cosméticos para pieles maduras sean verdaderamente mujeres
maduras y no modelos veinteañeras sin una sola línea de expresión. Entre las
pioneras, Nivea y L’Oréal Paris, esta con su fichaje de Jane Fonda. Y, de los
más recientes, también para L’Oréal, la veterana y ultra-chic Inés de la
Fressange, icono eterno del allure parisino y nueva embajadora-madura, sin grandes retoques aparentes,
de la casa francesa. Ellas y otras muchas (cada vez más) son la mejor prueba
de un fenómeno ante el que incluso las pasarelas parecen haber cedido, dado
carpetazo a su ancestral ‘alergia’ a la edad, rompiendo moldes en las últimas
temporadas haciendo desfilar a modelos evidentemente ‘entradas en años’.
Tomemos nota. M.R.R.